Del Caño con los del Caño

El Caño, como tema poético, tiene su precedente en Julia de Burgos. En “Desde el puente Martín Peña” (Poema en veinte surcos, 1938), Julia describió en verso el escenario de la pobreza y urgió enérgicamente una respuesta política (“¡Obreros! Picad el miedo./Vuestra es la tierra desnuda./Saltad el hambre y la muerte/ por sobre la honda laguna,/y uníos a los campesinos,/ y a los que en caña se anudan”).  Sin embargo, la metáfora fundacional del Caño que ha quedado grabada en la memoria colectiva no se acuñó desde la poesía. El gran poema fundador del Caño como espacio literario es un cuento. “En el fondo del Caño hay un negrito” de José Luis González elevó a mito (de Narciso) la figura del infante Melodía ahogado en las aguas de la laguna San José.  Y ese fue el referente literario del que partí.

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Archivo Proyecto Enlace

Para no sujetarme a rigores de tipo documental ni eludir del todo el dato histórico o sociológico, el género literario sería, necesariamente, híbrido:  una crónica en verso o un verso con aires de crónica; o algo cercano, que no idéntico, a la poesía social. Decisión rara y a contracorriente, pues entre los poetas jóvenes de los noventa este tipo de poesía no se estilaba y, además, en lo personal nunca me interesó demasiado. El tema hubiera soportado bien un tratamiento desde la crónica urbana (similar a los trabajos hechos por Edgardo Rodríguez Juliá en torno a Cangrejos y Santurce), que recogiera las pequeñas historias que subyacen a una posible aunque elusiva historia de San Juan como ciudad. Pero yo buscaba en aquel entorno concreto la poesía prometida por el cuento, y así fue como di con una escritura poética altamente intervenida por recursos periodísticos aprendidos de mis cursos de comunicaciones, o unas mini crónicas contaminadas de poesía.

Para el tiempo en el que las comunidades de la zona, con la Península de Cantera como emblema, adquirieron notoriedad pública en su lucha por evitar la desaparición de estos barrios sanjuaneros, yo guardaba bastante distancia del poemario. Lo que pasa cuando han transcurrido los años necesarios para que una se dé cuenta de los excesos expresivos en los que incurrió, y para comprender lo anacrónico que pudo parecer su lenguaje directo y popular en tiempos posmodernos.  Pero, como la historia tiene sus flujos y reflujos, y la poesía sobrevive al tiempo, estos poemas siguen hablando. Y hablan, en gran medida, porque el sujeto comunitario que los inspiró sigue hablando también, y en sus propios términos, de manera mucho más elocuente que un libro.  Y ha hablado con fuerza cuando los logros conquistados mediante una legislación que les permitió a los vecinos obtener un título de propiedad colectivo fueron amenazados, en 2009, por un gobierno cuyo propósito era hacer de Hato Rey una zona exclusiva, el traspatio «a tono» con la «Milla de Oro» que preside, simbólicamente, el edificio del Banco Popular, justo donde ubicaba la estación del tren de la caña en el siglo anterior.

En 1997 era imposible imaginar que las comunidades pobres de San Juan prevalecerían. Porque una vez se completó, durante la década de los ochenta, la “limpieza” de los asentamientos que bordeaban el Caño hacia donde ubica ahora el Parque Central, la única memoria visual de la pobreza que les quedó a los banqueros de la Milla de Oro fue el barrio de mis abuelos, “esa dolorosa corona de antenas sobre la cabeza de nuestra hermosa Miss San Juan”. La pobreza es fea, supongo; y era más fácil y rentable para el Gobierno desplazar a sus naturales, vender los terrenos y repoblarlos con nuevos inquilinos con aspecto y bolsillos de “yuppies” y CEOs que atender a las comunidades existentes. Imaginaba a todos los inversionistas de esta vida oteando hacia las bajuras del Caño a la espera de dar el zarpazo final a la barriada, para deglutírsela primero y vomitarla luego transformada en un sector de lujo que, como suele suceder en mi país, los desmemoriados admirarían como un avance hacia el progreso, cuando lo verdaderamente progresista que ha sucedido allí es el milagro de que unas comunidades hayan logrado organizarse para encontrar soluciones colectivas a sus problemas individuales. La utopía del pobre con conciencia es alcanzar una vida digna, conservando los lazos comunitarios y el sentido de pertenencia a un lugar, a una historia de la que puede ser protagonista; la utopía del rico cuando carece de conciencia social es cómo llegar a poseer, en el menor tiempo posible, todo cuanto su mirada alcanza a ver; su estética, condicionada por su poder adquisitivo, no acepta la herejía que le supone el que, desde las alturas del ventanal de su edificio en la Milla de Oro, el potencial accionista que sorbe un trago de café señale al Caño y le pregunte: ¿Y eso, qué es?

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La estética de la riqueza es cruel y excluyente, desmemoriada. Su belleza es vacía como la de las misses de pasarela. En cambio, la estética de la justicia social, que de eso se trata el conservar a una comunidad, es empática y solidaria, memoriosa.  Su belleza –no por todos apreciada– se halla al interior de las relaciones humanas, allí donde se traban los lazos del afecto y de la pertenencia a algún espacio familiar. Que los habitantes de la zona optaran por un título de propiedad colectivo que les permitiera mejorar el vecindario como un todo que pertenece a todos es una lección de civilidad y resistencia pocas veces conocida en Puerto Rico y la metáfora viva de cierta utopía citadina: hacer del arrabal un espacio habitable para sus dueños y un ejemplo de integración social, en lugar de borrarlo del mapa urbano para dárselo como presa a los especuladores de turno.

No es lo mismo presentir una desaparición que ocurrirá paulatinamente, sin ruido, que saberla inminente. Por eso, en dieciocho años no leí mi libro, temiendo que algunas de las cosas que escribí me dolieran más que cuando lo publiqué. Pero entonces Ellos me vieron, y yo los vi. No a los que se fueron, sino a los que siguen y seguirán allí. Y por primera vez leí para ellos, por quienes debí empezar.  Y viéndolos supe que en aquellas callejuelas estrechas que parecen conducir a ninguna parte, un grupo de puertorriqueños seguirá reclamando, como lo reclamaba el mar cuando inundaba las casuchas, un lugar propio donde reescribir su metáfora.

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Antigua vía del tren, Archivo Proyecto Enlace.

(Para un análisis textual del cuento de José Luis González en clave sicoanalítica ver, de Luis Felipe Díaz:  http://postmodernidadpuertorriquena.blogspot.mx/2012/04/en-el-fondo-del-cano-hay-un-negrito-de.html.).

2 comentarios en “Del Caño con los del Caño

  1. Estimada Rosa Vanessa: Qué sorpresa recibir tu comentario. Tengo mi blog ahora en la plataforma de la UPR-Mayagüez. El enlace es:
    http://blogs.uprm.edu/verdor/
    Cuando quieras compartir algo en ese espacio será muy bienvenido. De hecho, voy a escribir una entrada para enlazar con tu blog. Siempre que enseño el curso de Poesía Puertorriqueña en el RUM leemos tus poemas del Caño. Y ahora lo estoy incluyendo en mis cursos de Español Básico también. Ojalá puedas visitarnos algunas vez al Colegio. ¡Muchos saludos y éxitos!

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