Evento virtual flash: Letras Salvajes, Editorial Isla Negra y Alapoesía en el preestreno de «Salmo a la saliva de John Doe» el viernes 14 de octubre de 2022 a las 7:00 p.m. desde las tres páginas de Facebook.

Plural y transido,
mi loco garabatea su salida
mientras yo entro en su celda
sin comprender
cómo abrir silencios almendrados
sea más rudo que romper,
desde su centro,
la nula opacidad
de una camándula;
cuánto costará al presidiario
cruzar los dedos
cuando la muerte ofrezca
por su prole
un trébol de cuatro pétalos.
…Ni por qué peligra mi credo
en la escritura que blanqueas
sin extirpar de mis mejillas
su cáncer de galaxia.

En Rosa Vanessa Otero, Salmo a la saliva de John Doe, Isla Negra Editories, 2022.

A veces, la creación poética es la resonancia de una lectura que nos atraviesa el ser con la misma fuerza que lo haría la experiencia. De esos espacios oscuros o difusos en los que lo leído se confunde con lo vivido nace este poemario raro, extrañamente onírico dentro de mi producción que sale en busca de almas gemelas: personas que todavía disfruten de buscarles el filo a las palabras para mirarles todas sus facetas como a una piedra pulida. No me arredro ante la empresa de articular una escritura relativamente hermética que pende del frágil hilo de la intertextualidad, ese eje que sostuvo una gran parte de la producción literaria puertorriqueña de la generación del ochenta. A ese grupo disperso y poco reconocido en su conjunto, que quedó atrapado entre el setenta y los 2000 casi debí pertenecer, pero no nací a tiempo: mientras que me adelanté por unos años al de los noventa, poetas con los que he compartido más en el plano existencial y literario y me son más afines.

¿Por qué escribo esto? Soy consciente acerca de la naturaleza intrínsecamente literaria de este libro, pero también de la intensidad sicológica de su proceso, y me hago cargo de la responsabilidad que acarrea el profanar un monumento poético, que eso debería ser en la poesía puertorriqueña el libro de Francisco Matos Paoli Canto de la locura.

En realidad, no escogí escribir estos poemas, sino que se me impusieron (por trasnochada parezca esta afirmación) como un ejercicio necesario, no de re escritura (¿para qué y cómo no fracasar en ello?), sino de rumia simbólica y experimentación estética. La locura de Canto da permiso para muchas intervenciones, y la mía no es ensayística, como abundan en la bibliografía puertorriqueña sobre este poeta. En Salmo a la saliva de John Doe no hay crítica, ni historia, ni biografía. Hay signos, símbolos, sombras que resuenan dentro de un palo de lluvia. Así me veo en este libro: como alguien que agita el instrumento antiguo que es el lenguaje y se queda escuchándolo para arrancarle algo que todavía nos hable, por mucho que ese nosotros quede difuso en el presente, y hoy se apalabren de manera muy otra las circunstancias del país-cárcel en el que Matos no fue el único poeta nacionalista preso, pero sí el que cruzó las lindes entre la cordura y la locura más de una vez, a lo que debemos la dolorosa genialidad de sus versos.

Si quieres, esta es la pintura abstracta de un dolor colectivo demasiado real para ser reproducido desde las concreciones del presente, pero no es una escritura nostálgica. De esto se trata: podremos estar de acuerdo en que el nacionalismo esencialista ya no es posible, como tampoco la poesía está a su servicio; pero sus héroes históricos son de las pocas verdades que sobrevivirán al juicio del futuro -y con todas sus paradojas formidables Francisco Matos Paoli lo fue de palabra y de obra.

Alto,
si te acercas, alto es el muro.
Bajo capas y capas de piel enmohecida
la cal prolonga sus trabajos de limpieza.
Una mano rasga la superficie.
Sus dedos deletrean cariciosamente
las nueve letras que sostienen
un nido incrustado en la parte más carcomida.
Abajo, entre parches de refuerzo,
el corazón de las ratas duerme seguro.
La cárcel quedó sin héroes.
La muralla sigue erguida, densa.
Entre madriguera y nido,
hechura fortuita del sodio,
algunas grietas abren a cierta transparencia.
Hoy los reos deambulan fuera
con sus permisos de cordura provisional
pegados al pecho. Solamente
rechazó salida el numerado
con el factor infinito. Opuesto al mar,
arranca pellejos de arena, sal y musgo
a la roca que tragó su carne viva.
Ya casi logra componer un mapa astral
que le descubra la relación proporcionalmente inversa
entre la paz de los roedores de costa
y el sobresalto fingido de las palomas
cuando se acerca un celador espontáneo
del monumento. “¡Alto!”, vocifera.
Ya no importa.
El loco se llevó las letras
a la boca
a las orejas
a la entrepierna
para darles sepultura más digna.
Alto, mas no inconmensurable, alto es el muro.
Arriba, los amados elementos en fisión
exponencialmente liberados, profusos,
todavía bailan ebrios al toque de tu saliva.
Ancha y maciza, pero no infranqueable,
la mole que separa a la ciudad de su destino
como del oleaje y de la muerte
ya está medida contra la estatura del hombre
y su deseo, de la mujer y sus actos.
Si el pie resbala, cruzará la lengua
por el ojo de una aguja.
(…Cuando el nadir
plisa los ruedos del teorema,
el ojo es origami de silencio.
Su soledad deiforme
sutura al vuelo
el crisantemo en un hilván.)

En Rosa Vanessa Otero, Salmo a la saliva de John Doe, Isla Negra Editores, 2022.

Ya lo sabes, espero que te unas a la conversación. La entrada no requiere inscripción, sino enlazar con las páginas de Letras Salvajes, Editorial Isla Negra o Alapoesía.

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