Hacia la écfrasis de un Navia

Rosa Vanessa Otero (Reseña)

Explicar por qué te atrae una obra de arte puede ser tan visceral como escribir el poema que la acompañe. Soy una de nueve poetas que, por invitación de la artista Ivonne Prats y la poeta Vanessa Droz, escogimos una obra de la colección de La Liga de Arte de San Juan para hacer un ejercicio de “Écfrasis” (o interpretación textual basada en el medio visual). La lectura de los textos por los poetas, abre la exposición “Poesía en la Liga”, el jueves 1 de diciembre a las 7:00 de la noche en la sede ubicada frente a la plaza de Ballajá. Como no voy a desvelar, por ahora, el texto poético ni la imagen de la obra que escogí, incurro en la gustosa y narcisista tarea de comentar el proceso de encuentro con mi musa.

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“Pienso, luego escribo”, Chema Madoz.

El peso de escribir por encargo me requirió pasar del otro lado de mi balanza imaginaria ciertas garantías de libertad antes de colocar un pie (o los ojos) frente a la colección.

Primero, sería la madrugadora maldita que tuviera todas las obras ante sí: nadie más escogería mi pieza. Sí, me puse en modo “Black Friday” por mi musa. Esto es importante. Porque la envidia, si no mata la creatividad, cuando menos la atormenta. Al hecho potencialmente culposo de escribir algo porque alguien me lo pidió, no quise añadir un aguijón peor: llegar cuando los demás se hubieran repartido las maravillas.

Mientras subía la cuesta de Ballajá bajo un sol niño que ardía como si fueran las doce en el reloj, me auto impuse otro contrapeso libertario a mi medida: No me dejaría intimidar ni tampoco atraer por los nombres de los artistas. Entré a la sala en busca de una obra que honrar, no de un nombre. Me prohibí, mientras duró el recorrido visual inicial, la mirada a la firma o la pregunta por su autor o autora, aunque no es difícil reconocer de lejos algunos estilos. Unir poetas y pintores no es como parear vinos con comida o con chocolates. Al final, importará poco la autoría, la denominación de origen. Se quedarán solos los poemas con las obras, acompañándose. Y necesitarán de otro y de otra que los reconozca como suyos. Me dije: “No escogeré a un gran artista porque que es un gran artista, ni rechazaré a otro gran artista porque no si lo es”; tampoco esperaría que, si el ejercicio consistiera en encargarle a artistas pintar poemas, me escogieran o rechazaran debido a si mi nombre les suena o no.

Ya en el segundo recorrido visual, quedaba por colocar el último contrapeso, el más subjetivo: buscaba una obra que no me impusiera como pie forzado un acercamiento realista ni histórico. Me detuve, por lo tanto, frente a los trabajos abstractos de la colección. Intuitivamente, sabía que necesitaba conversar con una forma o con un color, no con un mensaje. Y sin desesperarse, la musa comenzó a desperezarse.

Entre aquellas obras, una me hipnotizó sin subyugarme. Su abstraccionismo radical es un homenaje al espacio y a todo lo que no se puede ver. Asomarse a ella es algo así como entrar en un agujero negro, sin que lo sea. O estar frente a una falsa página en blanco, con el poema escrito en el reverso. Escogí la única pieza que renuncia al trazo y al color. Su forma apenas se sugiere a cortes y dobleces del material color arena. En ciertos extremos, un par de suturas en hilo del mismo color sujetan la forma al fondo. Escultura enmarcada, esta pieza requiere de un ojo dispuesto a re quedarse en la ausencia y la quietud aparente del conjunto, y a descubrir los detalles de sus sombras, las únicas líneas que ostenta semejantes a un acto de dibujo o de escritura. Su “invisibilidad” viene compensada por el formato mediano, casi grande, que le da prominencia. En rigor, es una escultura enmarcada. Entonces dije: “Es ésta, definitivamente, porque no puedo evitar volver a ella”.

Una cuestión infantil muy seria, el juego, precedió a la escritura. Para empezar solo necesitaba una palabra. Una. Que llegó enseguida. Pero aquí no la diré. Y le entallé a la pieza un texto minimalista como ella, basado en esa sola palabra que la describe a mis ojos, sin llegar al haikú, forma que no cultivo. Según el artista dio a su obra un tamaño generoso que la potencia, después que exprimí un concepto en poco tiempo y cinco líneas, le di cierto aire a mi brevísimo poema para no dejarlo en el hueso duro. En otras palabras, bajé los ruedos de la minifalda hasta encima de las rodillas, sin desmentir la economía de elementos inherente a la obra escogida. Este ajuste, menos emotivo que racional, tomó más tiempo que la redacción primera, la del juego en serio. Solucionado el duelo de mi libertad creativa, ahora puedo conversar con el creador de la pieza que escogí: Antonio Navia.

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Antonio Navia, “De la Serie Spiral Dance”. 2006.  3500 x 2000 pixeles. Medio Digital.  Museo de Arte de Puerto Rico.

 

Antonio Navia (Bayamón, 1945…) es un escultor y pintor abstracto y conceptualista relativamente desconocido hoy, si se tiene en cuenta la importancia de su trabajo para las artes plásticas en Puerto Rico. Fue co fundador del Grupo Frente junto con Luis Hernández Cruz, Lope Max Díaz y Paul Camacho. Una parte significativa de su trabajo la ha dedicado al arte emífero y la instalación, y en lo que va del siglo XXI, ha incursionado en el medio digital.  Según expresa el crítico Nelson Rivera en el artículo “Cinco décadas, cinco escultores contemporáneos” publicado por el periódico digital 80 Grados, “su trabajo escultórico, parte del cual ha desaparecido, no ha sido visto desde el 1990, fecha en que viajó al Museo del Barrio en Nueva York para la exhibición “Tres escultores contemporáneos” organizada por el Museo de Historia, Antropología y Arte de la UPR”.

Sobre las características formales del trabajo de este artista y sus aportaciones al medio artístico puertorriqueño, el crítico comenta:

 “La obra de Navia se caracteriza por una inusual selección y mezcla de materiales, madera y plástico. Aunque ambos materiales son antagónicos ─uno natural, noble, con abolengo artístico, el otro, industrial, de uso práctico─ son tratados por el artista con el mismo preciosismo y cuido.  Fiel seguidor de una tradición puertorriqueña que ejemplifica, sobre todo, su maestro Lorenzo Homar, Navia crea una obra de gran refinamiento técnico, no obstante la vulgaridad de algunos de sus materiales”.

“Los aportes de Navia al arte escultórico en Puerto Rico son significativos.  Su selección de materiales, adquiridos en ferreterías, señaló un camino a aquellos escultores que se veían maniatados por las exigencias de la escultura tradicional de utilizar solamente materiales nobles, madera, mármol o bronce, materiales que son difíciles de conseguir en Puerto Rico, rara vez al alcance de nuestros artistas.  Navia nos enseñó que para hacer arte cualquier material es aceptable, con lo cual nos desencadenó de las prácticas escultóricas académicas europeas para adoptar formas convenientes y ajustadas a nuestro entorno”.

“Por otro lado, Navia ha demostrado que el espacio de la escultura no es necesariamente el del piso o el pedestal, al utilizar el espacio aéreo como parte integral de su escultura, además del movimiento.  En piezas tales como Cortex Codex VII, de 1986, Navia utiliza tanto el techo como la pared para sostener un delicado armazón de cuerdas que a su vez sostiene delicadas tallas cuyas sombras en la pared completan el trabajo.  El concepto total de esta extraordinaria pieza es solo una muestra de un complejo corpus artístico que todavía espera su reconocimiento a nivel tanto isleño como continental.  Pocos escultores hay en toda Latinoamérica que hayan alcanzado la maestría del arte de Navia, artista que sin lugar a dudas ha hecho un aporte singular a las artes latinoamericanas; nuestra ignorancia de ese hecho es, para todos los efectos, trágica”. (1)

 Resultado de imagen para Antonio Navia MAPRAntonio Navia, “Pre-evolución II”. sf, 41 3/4″ x 59 1/2 “, Acrílico sobre lienzo, Colección del Instituto de Cultura Puertorriqueña.  Foto: MAPR.

Celebro el haber dado con la obra y con el tipo de artista que mi poesía buscaba. Al leer, concluido el ejercicio creativo, su “Manifiesto” (según aparece en el catálogo web del Museo de Arte de Puerto Rico), compruebo que esta obra suya es un ejemplo emblemático de su radical teoría artística y que el poema que le compuse lee adecuadamente los signos que la distinguen:

“El arte es una experiencia: hacer consciente el subconsciente. Aunque algunos piensen que es estar en el mito y gozar sus beneficios materiales. Las grandes metas no se alcanzan partiendo de conceptos tradicionalistas absurdos, sino desde un espacio conceptual real hacia un tiempo dinámico de cambio. En esta perspectiva no hay términos medios.  El compromiso es total. (O no hay arte. Ni artistas). Entonces esto significa que ha de haber dos clases de artistas: los que crean mundos nuevos y los que representan los ya conocidos –autores e intérpretes─. Los primeros participan del acontecimiento creativo universal.  Los segundos componen los bloques del dogma de los sistemas en un tiempo–espacio cerrado. Unos para la revolución continua y constante, otros para la inercia –creadores y repetidores─.  Los que son y los que parecen ser. Entonces es cuestión de hacer consciente el subconsciente.  Hacer la conciencia de todo.  De todo en las cosas. De todos nosotros.  En la progresión cinética, armonía ordenada y clara de cada quien y de todos. Es por eso, por lo tanto, que yo soy todos nosotros.  Sin ser como vosotros”. (2)

Idealmente, una quiere considerarse creadora y no repetidora, ser y no parecer. Por eso, al aceptar acometer la “écfrasis”, la contradicción estaba servida y era suculenta: ¿se puede crear un texto poético que sea junto a la obra que ya es, en lugar de que parezca un derivado de ésta?

Mi obra musa, que no mi poema, se llama “Nubencefalográfica”.  Dejar sin título el poema es mi manera de decirle a mi artista que su pieza, más que un concepto, es una experiencia que puede ser todas las experiencias posibles. Si hubiera podido escribir con aire, aire hubiera usado en lugar de letras. Pero, como no me es posible realizar tal prodigio de levedad y transparencia, le dediqué a mi musa unas pocas pero presumidas palabras, minimalistas y polisémicas como las espirales, sombras y dobleces que sugieren su forma libérrima  sobre el papel color arena.

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Los 9 artistas son: Consuelo Gotay (“Mito de los Pescadores”), Haydée Landing (“Juicio por la vida III”), Ricardo Marrero (“El jueyero”), Antonio Martorell (“Sin título”), Antonio Navia (“Nubencefalográfica”), Raquel Quijano (“Sin título”), Noemi Ruiz (“Noche”), María Elena Somoza (“Serenidad”), In memoriam

  1. Antonio Navia. En Manuel Pérez Lizano, Arte Contemporáneo en Puerto Rico 1950-1983, Cerámica, Escultura, Pintura, Universidad Central de Bayamón, Ediciones Cruz Ansata, 1985. Según citado en: http://www.mapr.org/es/museo/proa/artista/navia-antonio.
  2. Nelson Rivera. “Cinco décadas, cinco escultores contemporános”. En 80 grados, 21 de marzo de 2014. Accesado: 22 de noviembre de 2016. URL: http://www.80grados.net/cinco-decadas-cinco-escultores-contemporaneos/
  3.   Foto: Chema Madoz, “Pienso, luego escribo”. En: http://tallerlecturayescrituracreativa.blogspot.com/2013/06/ecfrasis-i.html