Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2021. 164 pp.
El trabajo de editar un libro siempre supone un gran esfuerzo por colocarse en los zapatos de la persona que creó la historia o condujo la investigación. Y, en la edición de narrativa, a esto se suma la tentación de dejarse arrastrar por el texto como si de una lectura espontánea se tratara, pero no: los editores leemos juzgando, calibrando cada palabra, cada párrafo, cada capítulo en relación con la estructura total del relato para potenciar su eficacia. Cuando recibí los originales de «El dulce cretino de la calle» de Mirna Estrella Pérez, supe desde el principio que estaba ante una pieza de literatura puertorriqueña contemporánea escrita por alguien de quien debemos escuchar hablar por muchos años más cuando se estudie la novela del siglo XXI en nuestro país. Que me haya tocado a mí editar su primera novela para la Editorial de la Universidad de Puerto Rico es todo un lujo, y no pude evitar compartir mis impresiones sobre el libro en este artículo que publica el semanario Claridad. El libro está disponible en las principales librerías de Puerto Rico. Lee: Ese conejo en el congelador pudo haber sido tu hermanita.
Un poeta construye su casa sobre arena, como el hombre necio de la parábola. El poeta edifica su obra sobre lo que se hunde, sobre lo que escapa, sobre los restos de cadáveres insepultos y sobre su propia osamenta fracturada. Contrario a lo que sugiere el discurso evangélico acerca del reino de Dios, que exhorta a construir la vida sobre la roca, en el reino de la poesía se construye, la mayor parte de las veces, sobre cimientos inseguros. Y en esta necedad aparente radica todo el poder de un poema: si el edificio es bello, lo es por su capacidad de mantenerse en pie, contra todo viento de moda, escuela o ideología, sobre la humilde materia que lo sostiene.
La poesía de Jesús Tomé, es de esas a las que regreso como a una casa para detenerme en alguno de sus rincones a meditar, a pensar, a recordar, a encontrar algo que dejé perdido en una de sus habitaciones o simplemente, para dejarme impresionar por su bien armada arquitectura, ¡su palabra!, incólume entre ruinas.
Hay una reverberación, una suerte de encantamiento sonoro y conceptual en los poemas de Jesús que nos lleva lejos. Esta reverberación, como los círculos concéntricos producidos por una piedrecita lanzada al agua, conserva su centro fijo, su axis del que todo parte y hacia el que todo vuelve por el mismo camino.
Ese centro, que es la persona poética, pasaría inadvertido, de no ser porque las ondas expansivas de estos poemas llevan, todas, la impronta de su autor de un modo particularmente reiterativo. Hay algo de atrevimiento por parte del poeta, en hacernos recurrir hacia ese centro que es él mismo. Leer a Jesús Tomé es internalizar la recurrencia de sus dudas, sus pesadillas, sus obsesiones y su extraña «vocación de universo». (Dicen que las estrellas, precisamente, al morir fundan planetas con granos de polvo sideral.)
Se me antoja que esta “yoicidad”, porque no puedo llamarle egocentrismo, es la principal fortaleza y debilidad, si se quiere, de la poesía de Jesús Tomé, y su forma de rebelión ante el discurso paralelo de su biografía. Al insistir en construir su obra sobre los frágiles cimientos de su sensibilidad y de su experiencia, se las ve a mano limpia con la filosofía y la teoría literaria contemporánea. Una frase muy suya: “Yo no hago migas con la muerte”, puede leerse, pienso, no solamente como un desafío a su propia muerte sino, y sobre todo, a la llamada “muerte del autor” o la muerte del sujeto literario; y, por mucho que sus poemas sean desgarrados, tampoco hace migas con la muerte de Dios; que todas las muertes, imaginarias o reales, las repele con todas sus fuerzas, él, un niño de la Guerra Civil española cuya «infancia secuestrada tuvo pronto/ noticia del imperio de la muerte» («El que vino para quedarse», Poesía Completa, EDUPR:2010, p. 586).
Como es poeta, la casa que construyó sobre la arena sigue y seguirá en pie, cual construida sobre roca milenaria. De seguro, la roca dorada, heroica y legendaria de Ciudad Rodrigo, su Miróbriga natal. Leo uno de mis poemas preferidos de Jesús, que no es un soneto pero ilustra lo que vengo diciendo.
EL GRITO
(de Jesús Tomé)
Algún día,
cuando las palabras no sean signos
sino personas,
y desnudas, despojadas de sí mismas
entreguen el secreto que enmascaran
con su rumor y su apariencia,
tal vez pueda decirse el lamento,
ese grito primal
con que naciera el mundo,
origen de otra noche
que sólo conoce el corazón
porque ha sido amasado en su tiniebla.
Desde el fondo de los siglos,
surgiendo de las cavernas
en que ha ido empozándose su memoria,
surge ese grito inabarcable
que no han sabido imitar
los estallidos de las estrellas.
Podéis oírlo
golpeando contra las esquinas del universo,
resonando en el silencio de un mundo sorprendido
cuando lo lanza un hombre
que ha llegado a la raíz
del desconsuelo.
Más desgarrado aún,
cuando sólo el silencio puede oírlo
como un tallo que ha tronchado una sombra
y resuena en silencio
porque el corazón ha ido hasta el límite del abandono
donde no pueden alcanzarlo las palabras.
No es un hombre que lanza un grito desperado,
es un grito desesperado
que se ha hecho hombre gritando contra un vacío
que no acierta a devolver los ecos.
Es un grito de pie
contra la noche que absorbió todas las noches,
con los brazos alzados y aturdidos,
árbol calcinado por la congoja,
ramas vivientes que claman su propio nombre.
Desolación y Desamparo.
En ese abismo ya no existe compañía,
sólo el clamor suspendido,
sólo la soledad,
sólo un hombre estallando, en sí mismo
toda la razón del universo.
La redacción original de este artículo es de 2010 y se actualizó para ser leída en la presentación virtual de Sonetos, de Jesús Tomé (Editorial Isla Negra, Puerto Rico: 2021).
Ver la presentación completa aquí. Y nuestra reseña del libro en Claridad.
La Poesía Completa de Jesús Tomé es una publicación de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (EDUPR: 2010). Prólogo de Luis Javier Moreno. Nota editorial y edición, Rosa Vanessa Otero. Incluye obra poética, cronología, estudios críticos, fotografía y bibliografía.
“Garabateaba en las paredes de la celda versos innumerables. El director de la cárcel enviaba a un preso a borrar con cal estos exabruptos míos”, así lo narra Francisco Matos Paoli en su “Autobiografía Espiritual”. ¿Dónde quedaron aquellos garabatos, los delirios con que impregnó los muros de la prisión con su saber frenético y lúcido? ¿Es su Canto de la locura la excedencia, el desborde de aquel borrador blanqueado?
Rafael Trelles, Canto a la Locura, Detalle
La pregunta es un capricho, excepto para quien lee y relee este poema con su propia locura bien plantada entre las sienes, buscando alguna respuesta posible no en la poesía sino en la pared; sí, en la pared imaginaria donde los poetas inscribimos aquello que sabemos anterior a la letra y a su lectura: el garabato espiritual de nuestra precaria inteligencia:
La pared, la pared,
la sola realidad sin sol hermano,
la que me reservan
los pobres renacidos.
Puerto Rico tuvo a un loco, a un místico, a un patriota, a un poeta, Francisco, que sobrevivió al desenfreno de sus “exabruptos” para recuperar el lenguaje de los cuerdos y traducir a humano la tragedia de “la isla de todas las reconciliaciones” (y de las agresiones, digo), sin perder la gracia metafórica de la insania. “La isla avergonzada” de Canto de la locura, y la poética del frenesí con que el poeta asumió su escritura, sigue siendo más real y tangible que esta otra isla, la de ahora, cuya locura no es paridora de metáforas.
“Poesía es sacramento”, anotaba el poeta. Así se entiende, si hay que entenderlo, que pueda haber poetas, patriotas, a los que la poesía, la patria les cueste una locura, una prisión, una fe o una isla. Francisco Matos Paoli es todos estos poetas y este solo libro contiene todos los poemas posibles para registrar unas pérdidas individuales y colectivas tan profundas que solo en las imágenes más oscuras son verdad y transparencia:
Ya está transido, pobre de rocío,
este enorme quetzal de la nada.
Francisco Matos Paoli por Ricardo Alcaraz, periódico Diálogo
En un poema atravesado por el delirio surrealista y por el vuelo de los pájaros (“la flora del cielo”) hay, sin embargo, nombres propios que irrumpen en ciertos momentos y lugares como piedras memoriales de un proceso histórico y biográfico concreto: “para llamarme alguna vez Francisco”; “Pedro se llama el dirigente”; “Yo conocí a Don Ricardo Díaz. (Me cortaba las uñas en la cárcel)”. Se llama por su nombre, igualmente, a figuras del entramado espiritual y emotivo del poema: Saulo/Pablo; Teresa de Jesús y Francisco de Asís; Cristo, Jehová/Dios y Luzbel. En este libro importan los nombres. Como importa la mujer cuyo nombre no se dice pero mantiene unido lo disperso, el pecho roto del poeta:
Una mujer es lo único que tengo
para acabar con todo adiós
en la noche más noche de las alas.
La elusión del nombre propio de esta mujer la sincretiza afectivamente con otras dos figuras femeninas: la madre y la Virgen María.
Ya los pies se pulverizan en la espuma.
Y la noche cerrada
borra la primavera,
me roba el plenilunio de Lares,
insta al huérfano mío
a abandonar el pan dorado
de todas las constelaciones.
Y es que estoy loco,
que vuelvo a mi madre, la mística,
coronada de pobres
en aquella penumbra sellada, desplegada,
arrobada,
de mi aldea.
En su breve “Autobiografía espiritual” publicada en 1982, el escritor narra con detalles una experiencia mística mariana que tuvo después de su salida de la cárcel (1955), durante una de sus varias reclusiones en el Hospital de Siquiatría o “Manicomio Insular”:
“Solamente un milagro podía devolverme la razón: mi voluntad de vivir para el arte y mi fe religiosa en la Virgen María. Quiero ser ingenuo. Una vez, por medio de un sueño, tuve una revelación. Me acuerdo como ahora. La Virgen María habría de curarme de la ruptura mental que padecía. Y así fue, en efecto. (…) Mi fe me había salvado. Esto no lo digo para que ustedes lo crean. A mí me consta. Pero es muy difícil probar a los extraños a la experiencia religiosa este milagro hecho por la Virgen María”.
La visión de esta tercera figura, apenas esbozada en el poema, concluirá el drama de Canto de la locura sin resolverlo:
Sé que Luzbel atiza
su silencio
para que no sea más que una oreja sin cuerpo,
estupefacta,
pero mis ojos ven la virginal blancura
y ya jamás me creo
como la arena que titila
en el Desierto.
La aparecida es una ecuación de fuga hacia el misterio. Entre signos interrogantes la voz del vidente deja en suspenso su orfandad de madre e isla.
¿Cuándo vendrá la florecita
de Francisco de Asís,
el de la fina humillación en las cosas,
a retener la isla jubilosa
en que no moría mamá,
alta, alta,
abrazada al luminar del día,
fuerte como los
amados
elementos?
Pero todavía queda otro nombre preso entre signos interrogantes: Puerto Rico. En el duelo de los sustantivos, la isla es llamada así una sola vez en todo el libro. Si Lares es la madre y Jayuya la patria (“su misma sombra redimida /en un Treinta de Octubre”), Puerto Rico, en el poema como en la historia, es un nombre por fundar (“Pedro se llama el Dirigente. / Piedra de Puerto Rico, Piedra fluvial y alada/ con el aroma de la sangre mártir/ de un Domingo de Ramos”).
Aunque nos sintamos a años luz de aquella época en la que entre cárceles, masacres y represión política, el movimiento nacionalista-albizuista del que formó parte Francisco Matos Paoli dio la pelea por conquistar el nombre Puerto Rico, hoy sus palabras siguen resonando con tal que volvamos a ellas para escucharlas:
Tenemos que enloquecer,
extraer de nosotros mismos la raíz despavorida
del cielo,
volcar nuestras miradas fatigantes,
quedar solos con una extraña soledad acompañada,
con los vigías tan terribles
que exigen el precio de la sangre
para anudar los ruiseñores
en la brama potente de la luz
que viene de los Tres Picachos.
Volver a este poema es preguntarle a la pared, la de entonces y la de ahora, para reescribirla: “Hace falta volver a la inocencia, /crear de la nada, /sostenerse en un hilo…”. Y aquí, como el huérfano místico, como el político recluso, como el loco lúcido, garabatear el muro con nuestros propios exabruptos.
Porque soy el poeta,
befa mayor de la palabra,
debo tener el cielo dispuesto al mundo vano.
(…)
Yo no puedo
esperar
la palabra,
ser el maestro loco que afina el horizonte.
Garabatear el muro es comenzar a derribarlo. Y es aceptar que vendrás también tú, compañero o compañera de prisión, a blanquear lo que escriba.
Ya estoy
reconciliado
con el polvo,
con la saliva fría de aquel loco
que obedecía a Cristo
en el empuje cruel de la distancia.
En ti, John o Jane Doe, el carcelero delega, negándote el nombre, el poder de la borradura; y tú asumes, por cuenta propia, el de escupir mi mejilla. Acepto, con Francisco, que puedas ser musa, o el gatillo que haga disparar el arma que Gabriel Celaya vio (y algunos ya no vemos) cargada de futuro.
Yo sé que de la saliva de aquel loco
brotó el ramo rojo de rosas,
brotaron las constelaciones,
el aéreo andar
que redime la planta encanecida.
Eres, John o Jane Doe, el diálogo obligado entre yo y yo, la conciencia de la pared, del límite y de su posible transformación en vía de acceso a lo otro, a lo que está más allá de la ofensa vertida en saliva.
Sé que el vecino hace un esfuerzo
grande
por ser hombre,
sé que debo hablar con armonía,
apaciguar el león que se come el crepúsculo.
En resumen, “Judas es necesario”. Y “Luzbel es la incomunicación, / el fácil deletreo que idiotiza”. Te necesito y me necesitas, John o Jane Doe.
Acepto ahora el trueno,
trizada fealdad de la luz.
(…)
Acepto la libertad,
la loca libertad perlada,
la fusión con el eco que se ignora a sí mismo.
Acepto la santa ignorancia:
lo que otros llaman esperanza,
lo que otros llaman paciencia
de las luceradas
que alargan más los días.
A veces la poesía, como la fe y como la patria, es aquello que sobrevive al duelo entre el amor y la violencia. El garabato enardecido con el que también yo, a mi modo, como «el presito», “empiezo a darme luz en las esquinas”.
Pongo mi piel en venta
¿y quién me compra?
(…)
Si quieren robar mis versos,
adelante.
Si quieren confundirme con el loco John Doe,
adelante.
Estoy presto a todo,
a ser el inerme nacarado
que pasa y no pasa.
A ser la criatura clausurada
que nadie saluda en la calle.
A ser el imperfecto
que cada día derrama
el cubo de la basura.
Pero no podrán quitarme el desvariado sentir
que me imanta a las dalias caídas,
no me podrán quitar
esta sangre inocente que milita
en una isla avergonzada.
(Todas las citas poéticas de Canto de la locura, Ed. Ángel Darío Carrero, Terranova Editores: 2005).
(Las citas de «Autobiografía Espiritual» en Raíz y Ala, antología poética de Francisco Matos Paoli, Luis de Arrogoitia, ed., EDUPR: 2009, Vol. 1).