Etiqueta: Fátima Bosch

  • ¡Ay, Fátima!

    (Lo que no me preguntaron sobre el Miss Universe 2025 ni me importa, casi.)

    Qué cuestión con los concursos de belleza. De pequeña los seguí obsesivamente, sin entender por qué tenían que ser rubias, blancas, demasiado flacas, de ojos azules o verdes y saber hablar inglés las ganadoras. Ni por qué las disfrazaban en trajes “típicos” que de típicos tenían poco. Siempre me ha interesado la belleza en un sentido muy amplio, pero no era belleza lo que buscaba ver. Quería comprobar si el nombre “Puerto Rico” era pronunciado más de una vez y si nuestra candidata se parecía o no a cualquiera de las mujeres de mi familia (nunca).

    No nací a tiempo para ver la coronación de Marisol Malaret, pero una foto suya adornaba el palimpsesto de laminitas barnizadas con que mis tías habían forrado una pared de la casa de los abuelos. Qué pena, nunca haber retratado aquella pared, que era una especie de exposición permanente de los hitos faranduleros de la década de los sesenta.

    Entre el triunfo de Marisol en 1970 y el de Débora Carthy Deu en 1985, por la pasarela del tiempo desfilaron Vietnam, los Beatles, Watergate, los atentados terroristas en Múnich y Teherán, la primera gestación in vitro, la legalización del aborto en los EEUU, varias dictaduras en América Latina y, en Puerto Rico, recesión económica, bipartidismo rojiazul, Mameyes, Maravilla, Villa Sin Miedo, huelgas sindicales y estudiantiles y el féretro de Muñoz recorriendo ceremoniosamente la Carretera Número 1, por mencionar algunos acontecimientos de la época.

    Marisol Malaret, primera Miss Universo puertorriqueña, 1970.

    Nada ha cambiado desde entonces y todo ha cambiado: la belleza atrae y fascina tanto como divide y antagoniza. Que en 2025 una elección de Miss Universe genere más indignación y polémica que las guerras de este siglo y las violaciones a los derechos civiles que ocurren todos los días en el mundo, o el largo deterioro sociopolítico, económico y civil que se da en Puerto Rico, es algo que supera mi razón.

    “No las juzgues”, me digo, a las mujeres que obedecen al sistema que adjudica premios y deméritos según la tersura de su piel, la esculturalidad de sus cuerpos o con cuánta gracia llevan la alta costura de su vestido sin tropezar por el peso de la bisutería. Es su decisión y libres son para someterse a cirugías, implantes, dietas y clases de “refinamiento” con tal de ostentar una corona que las declare perfectas, o por lo menos, casi perfetas. Pero, perfectas ¿para quién? ¿De quién es el ojo que mira y escruta? ¿Por qué o para qué las mira caminar, moverse, sonreír, responder un par de preguntas, todas iguales o parecidas? Si fuera a juzgar, juzgaría a quienes inventaron la competencia, manejan las normas y se reparten el pastel de las pautas comerciales, no a las competidoras.

    En parte, la única diferencia entre ellas y yo es que, de plano, yo no cualificaría. Pero es que, además, ni linda ni fea concursaría. Bastante tengo con los certámenes de literatura, donde se nos mide por nuestras palabras e ingenio creador y no por la apariencia, …se supone, aunque a veces lo dudo. En esos he ganado y perdido más de tres veces. Hay quienes no participan y publican exitosamente sus libros, y quienes aun ganando los certámenes no publican a menudo. Con las misses, igual. Hay ganadoras que no serán luego sobresalientes en la vida pública (o sí) y perdedoras que perdiendo tendrán de todos modos una carrera maravillosa (o no).

    Zashely Alicea, Miss Puerto Rico 2025

    ¡Ay, Fátima Bosch! La que se armó contigo. Me doy esta dosis de faranduleo porque me interesan las comunicaciones y lo que con ellas se hace. Me enteré de tu existencia por las comidillas en redes sociales y quise, yo también, mísera de mí, ejercer esta función que supuestamente detesto: mirarte (a posteriori) para juzgarte digna o indigna de ganarle a la despampanante Srta. Costa de Marfil, Olivia Yacé y dejar fuera de las primeras cinco a Zashely Alicea, la Srta. Puerto Rico más grandiosa, carismática y talentosa que he visto.

    Olivia Yacé, Miss Costa de Marfil 2025

    Que si hubo o no hubo fraude, que si tu padre compró o no compró la corona para ti y para México gracias a sus negocios con el dueño de MU y también mexicano Raúl Rocha, que si tu discusión pública con el encargado, el tal Nawat Itsaragrisil fue parte de una estrategia mediática para hacerte coronable por viral, no tengo manera de saberlo. Y, aunque entiendo la sorpresa que causó tu elección por la exclusión que supuso de candidatas extraordinarias como las dos antes mencionadas y muchas otras, jamás diría, como no lo digo de nadie más, que no eres bonita, porque sí lo eres.

    Fátima es bonita, insisto. Lo que pasa, a lo mejor, es que lo es desde cierta perspectiva que el universo no suele premiar. Por ejemplo, se vistió de rojo flamboyán con llamas de oro literalmente desde sus muñecas hasta la barbilla y desde la barbilla hasta los talones. Rara apuesta en un escenario dominado por el hasta 2025 suertudo ajuar blanco sobre blanco sobre blanco con detalles dorado pálido o plateado, corte columna o sirena y una gran abertura lateral que, de hecho, abundó este año con todo y capas flotantes. ¿Qué escondía? Lo bueno de lo raro es, precisamente, la pregunta que provoca. En lugar de mostrar por separado una o varias partes de su cuerpo, la mexicana se presentó completamente cubierta, por lo tanto, de una sola pieza. Y aunque la moda no es mi campo de conocimiento, ni me gustó el vestido, hay una inteligencia sutil en ese planteamiento: ella sabía que destapada no sería única, sino envuelta.

    ¿Qué del maquillaje? No soy maquillista. Pero, si es verdad que a las misses no les permitieron usar maquillistas en la noche final, comprendo que tampoco Fátima tiene dominada esta destreza y, hasta cierto punto, es un alivio. Sus bellísimos ojos (véanla sin maquillaje, por favor), apenas podían apreciarse bajo gruesas capas de sombra y rímel demasiado oscuros y un color de base que le “enceró” el rostro, más el labial rojo feroz que hizo muy severa su complexión para tan recargado vestido. ¿Y del pelo, qué? Adivinen, tampoco soy estilista. Pero, si tampoco podían emplear peluquero en la noche final, creo que, a Fátima, como a mí, le cuesta pulir ella sola su melena. Su arreglo, comparado con las del resto, lucía sin terminar. Lo digo sin maldad. En este sentido, quisiera pensar que los mirones y mironas que la premiaron no lo hicieron por motivos fraudulentos, sino porque vieron más allá de esas fallas técnicas para fijarse en ella, sí, la persona que estaba debajo del mascarón. Claro, en un certamen de belleza no se espera que pase algo como esto, con un centenar de chicas perfectamente acicaladas para la ocasión. No que ella no estuviera preparada, pero puestos a comparar según los fríos criterios a los que MU ha acostumbrado al público, no era Miss México la mera mera.

    Ahora bien, todavía hay algo más. …Cuando Fátima habla, es otra cosa. No por lo que dice, sino por lo que su voz transmite acerca de su carácter. Su voz comunica una calidez humana que no es común encontrar en este tipo de evento. ¿Sería su voz? Sin contestar del todo la pregunta final, fue convincente. Y debo admitirlo: esa calidez y cercanía inapropiada en un escenario de divas esculpidas en mármol me enterneció el corazón.

    Fátima Bosch casi al natural, de su Instagram.

    Como dicen en inglés, she is something y es muy interesante ahora en su manejo del “escándalo” mediático. Me pregunto a cuántas muchachas neurodivergentes como Fátima habrá animado su elección; o a cuántas ayudará en las iniciativas de filantropía que le permitan hacer… ¿Y a cuántas otras personas les ha disgustado su elección, no tanto por el chisme, sino porque notaron en ella “algo” que no encaja en los moldes estereotípicos de lo que se considera porte, elegancia o belleza? ¿Fue así la reacción cuando Miss Universe escogió a la primera mujer hispana o a la primera mujer de piel oscura?

    Hasta donde alcanzo ver, por mucho que nos entretenga y distraiga el brillo y glamour de esa pasarela, y sin dejar de distinguir y respetar a nuestras ganadoras, no hay que agarrar lucha con esto. El mundo arde en llamas de otro horno para nada lindo y chic. Y, además, por qué no admitirlo: el concurso ha sido un fraude cósmico desde su fundación, pues todos los años lo gana una terrícola, cuando es nuestro planeta el único que participa.