Tal como lo anunciamos en la edición radial de esta semana, hoy viernes 14 de octubre a las 7:00 p..m, te esperamos en el conversatorio virtual con motivo de la publicación del poemario Samo a la saliva de John Doe de la productora de Alapoesía, Rosa Vanessa Otero. La participación es totalmente gratuita y no requiere registro.
La sesión se originará en la página virtual de la revista Letras Salvajes y se retransmitirá en directo desde las páginas de Facebook de Isla Negra Editores y de Alapoesía, en una colaboración sin precedentes donde nuestras respectivas comunidades lectoras podrán tener acceso al mismo contenido.
Natalia Vera Winter @prensaliteraria
Salmo a la saliva de John Doe es el sexto libro de Rosa Vanessa Otero y su quinto poemario. En él, la poeta presenta una «resonancia poética» de sus lecturas del libro Canto de la locura de Francisco Matos Paoli, a sesenta años de la impresión del que considera uno de los poemarios fundamentales de la poesía puertorriqueña.
El Puerto Rico de hoy se parece mucho al que conoció Matos Paoli, en cuanto a la crudeza con la que el colonialimo ha quedado expuesto otra vez por vía de la debacle política y económica; la «esquizofrenia» colectiva nuestra nos ha permitido sobrevivir precariamente sin haber resuelto lo que está al fondo de esta quiebra y percibimos instalado como un piso permanente. Pero la poesía de Canto de la Locura no se parece a la de nadie más, ahora ni antes; es irrepetible, en parte, porque evita las concreciones para irse por las ramas simbólicas y metafóricas sin dejar de ser una denuncia. Mi Salmo… es un experimento de lectura y mezcla de elementos dispares -míos y suyos-, en busca de una poética que no pretende imitar a quien reconozco inimitable, pero sí irradiar, si es posible, un par de símbolos que provocan mi imaginación y que me permiten no tanto «apropiarme» de ellos como «hacerme acompañar» por ellos en mi propia ansiedad y deseo de un lenguaje liberador desde la poesía».
Rosa Vanessa Otero, en LaRosaDeletrea
El poemario se publica bajo el sello Editorial Isla Negra y será su editor, Carlos Roberto Gómez, quien conducirá el conversatorio con la autora, que será originado desde la revista Letras Salvajes del poeta y editor Alberto Martínez Márquez y retransmitido simultáneamente por las páginas de Facebook de Isla Negra y Alapoesía, siendo esta la primera vez que estos tres medios transmiten en conjunto un evento cultural. Para sintonizar, click sobre los enlaces de las páginas. Para ver la ficha e información del libro, ir a su página en Editorial Isla Negra.
Algo de Salmo a la saliva de John Doe
La ansiedad es el vértigo de la libertad.
Soren Kirkegaard
Plural y transido, mi loco garabatea su salida mientras yo entro en su celda sin comprender cómo abrir silencios almendrados sea más rudo que romper, desde su centro, la nula opacidad de una camándula; cuánto costará al presidiario cruzar los dedos cuando la muerte ofrezca por su prole un trébol de cuatro pétalos. …Ni por qué peligra mi credo en la escritura que blanqueas sin extirpar de mis mejillas su cáncer de galaxia. (C) Rosa Vanessa Otero 2022
Rosa Vanessa Otero, puertorriqueña, es la autora de los poemarios La vocal encinta(2018), To muddy death (2011), Mater(2008) y En el fondo del Caño(1997). Varias colecciones inéditas suyas han aparecido publicadas parcialmente en revistas y medios digitales bajo los títulos La mujer de Job (Errancia, UNAM), Telúrica redenta(Home Planet News y Politekné), Productos falsamente genéricos (CRUCE) y Loquios de La Poetriz (80grados). Actualmente Editorial EDP University edita su volumen Kámalas, por el que fue finalista en el Premio Octavio Paz de Poesía de la Feria Internacional del libro de Miami en 2018. Obtuvo en el 2020 el premio José Gautier Benítez por su colección inédita «Simulacro Mundi». Es autora, además, de reseñas literarias, editora, productora de Alapoesía y cuentacuentos del libro para niños Marejadas (Sevilla: 2020). Su próximo proyecto en literatura infantil se publicará bajo el auspicio del Insituto de Cultura Puertorriqueña y el National Endowment for the Arts. Más información sobre su trabajo en www.rosavanessaotero.com.
“Garabateaba en las paredes de la celda versos innumerables. El director de la cárcel enviaba a un preso a borrar con cal estos exabruptos míos”, así lo narra Francisco Matos Paoli en su “Autobiografía Espiritual”. ¿Dónde quedaron aquellos garabatos, los delirios con que impregnó los muros de la prisión con su saber frenético y lúcido? ¿Es su Canto de la locura la excedencia, el desborde de aquel borrador blanqueado?
Rafael Trelles, Canto a la Locura, Detalle
La pregunta es un capricho, excepto para quien lee y relee este poema con su propia locura bien plantada entre las sienes, buscando alguna respuesta posible no en la poesía sino en la pared; sí, en la pared imaginaria donde los poetas inscribimos aquello que sabemos anterior a la letra y a su lectura: el garabato espiritual de nuestra precaria inteligencia:
La pared, la pared,
la sola realidad sin sol hermano,
la que me reservan
los pobres renacidos.
Puerto Rico tuvo a un loco, a un místico, a un patriota, a un poeta, Francisco, que sobrevivió al desenfreno de sus “exabruptos” para recuperar el lenguaje de los cuerdos y traducir a humano la tragedia de “la isla de todas las reconciliaciones” (y de las agresiones, digo), sin perder la gracia metafórica de la insania. “La isla avergonzada” de Canto de la locura, y la poética del frenesí con que el poeta asumió su escritura, sigue siendo más real y tangible que esta otra isla, la de ahora, cuya locura no es paridora de metáforas.
“Poesía es sacramento”, anotaba el poeta. Así se entiende, si hay que entenderlo, que pueda haber poetas, patriotas, a los que la poesía, la patria les cueste una locura, una prisión, una fe o una isla. Francisco Matos Paoli es todos estos poetas y este solo libro contiene todos los poemas posibles para registrar unas pérdidas individuales y colectivas tan profundas que solo en las imágenes más oscuras son verdad y transparencia:
Ya está transido, pobre de rocío,
este enorme quetzal de la nada.
Francisco Matos Paoli por Ricardo Alcaraz, periódico Diálogo
En un poema atravesado por el delirio surrealista y por el vuelo de los pájaros (“la flora del cielo”) hay, sin embargo, nombres propios que irrumpen en ciertos momentos y lugares como piedras memoriales de un proceso histórico y biográfico concreto: “para llamarme alguna vez Francisco”; “Pedro se llama el dirigente”; “Yo conocí a Don Ricardo Díaz. (Me cortaba las uñas en la cárcel)”. Se llama por su nombre, igualmente, a figuras del entramado espiritual y emotivo del poema: Saulo/Pablo; Teresa de Jesús y Francisco de Asís; Cristo, Jehová/Dios y Luzbel. En este libro importan los nombres. Como importa la mujer cuyo nombre no se dice pero mantiene unido lo disperso, el pecho roto del poeta:
Una mujer es lo único que tengo
para acabar con todo adiós
en la noche más noche de las alas.
La elusión del nombre propio de esta mujer la sincretiza afectivamente con otras dos figuras femeninas: la madre y la Virgen María.
Ya los pies se pulverizan en la espuma.
Y la noche cerrada
borra la primavera,
me roba el plenilunio de Lares,
insta al huérfano mío
a abandonar el pan dorado
de todas las constelaciones.
Y es que estoy loco,
que vuelvo a mi madre, la mística,
coronada de pobres
en aquella penumbra sellada, desplegada,
arrobada,
de mi aldea.
En su breve “Autobiografía espiritual” publicada en 1982, el escritor narra con detalles una experiencia mística mariana que tuvo después de su salida de la cárcel (1955), durante una de sus varias reclusiones en el Hospital de Siquiatría o “Manicomio Insular”:
“Solamente un milagro podía devolverme la razón: mi voluntad de vivir para el arte y mi fe religiosa en la Virgen María. Quiero ser ingenuo. Una vez, por medio de un sueño, tuve una revelación. Me acuerdo como ahora. La Virgen María habría de curarme de la ruptura mental que padecía. Y así fue, en efecto. (…) Mi fe me había salvado. Esto no lo digo para que ustedes lo crean. A mí me consta. Pero es muy difícil probar a los extraños a la experiencia religiosa este milagro hecho por la Virgen María”.
La visión de esta tercera figura, apenas esbozada en el poema, concluirá el drama de Canto de la locura sin resolverlo:
Sé que Luzbel atiza
su silencio
para que no sea más que una oreja sin cuerpo,
estupefacta,
pero mis ojos ven la virginal blancura
y ya jamás me creo
como la arena que titila
en el Desierto.
La aparecida es una ecuación de fuga hacia el misterio. Entre signos interrogantes la voz del vidente deja en suspenso su orfandad de madre e isla.
¿Cuándo vendrá la florecita
de Francisco de Asís,
el de la fina humillación en las cosas,
a retener la isla jubilosa
en que no moría mamá,
alta, alta,
abrazada al luminar del día,
fuerte como los
amados
elementos?
Pero todavía queda otro nombre preso entre signos interrogantes: Puerto Rico. En el duelo de los sustantivos, la isla es llamada así una sola vez en todo el libro. Si Lares es la madre y Jayuya la patria (“su misma sombra redimida /en un Treinta de Octubre”), Puerto Rico, en el poema como en la historia, es un nombre por fundar (“Pedro se llama el Dirigente. / Piedra de Puerto Rico, Piedra fluvial y alada/ con el aroma de la sangre mártir/ de un Domingo de Ramos”).
Aunque nos sintamos a años luz de aquella época en la que entre cárceles, masacres y represión política, el movimiento nacionalista-albizuista del que formó parte Francisco Matos Paoli dio la pelea por conquistar el nombre Puerto Rico, hoy sus palabras siguen resonando con tal que volvamos a ellas para escucharlas:
Tenemos que enloquecer,
extraer de nosotros mismos la raíz despavorida
del cielo,
volcar nuestras miradas fatigantes,
quedar solos con una extraña soledad acompañada,
con los vigías tan terribles
que exigen el precio de la sangre
para anudar los ruiseñores
en la brama potente de la luz
que viene de los Tres Picachos.
Volver a este poema es preguntarle a la pared, la de entonces y la de ahora, para reescribirla: “Hace falta volver a la inocencia, /crear de la nada, /sostenerse en un hilo…”. Y aquí, como el huérfano místico, como el político recluso, como el loco lúcido, garabatear el muro con nuestros propios exabruptos.
Porque soy el poeta,
befa mayor de la palabra,
debo tener el cielo dispuesto al mundo vano.
(…)
Yo no puedo
esperar
la palabra,
ser el maestro loco que afina el horizonte.
Garabatear el muro es comenzar a derribarlo. Y es aceptar que vendrás también tú, compañero o compañera de prisión, a blanquear lo que escriba.
Ya estoy
reconciliado
con el polvo,
con la saliva fría de aquel loco
que obedecía a Cristo
en el empuje cruel de la distancia.
En ti, John o Jane Doe, el carcelero delega, negándote el nombre, el poder de la borradura; y tú asumes, por cuenta propia, el de escupir mi mejilla. Acepto, con Francisco, que puedas ser musa, o el gatillo que haga disparar el arma que Gabriel Celaya vio (y algunos ya no vemos) cargada de futuro.
Yo sé que de la saliva de aquel loco
brotó el ramo rojo de rosas,
brotaron las constelaciones,
el aéreo andar
que redime la planta encanecida.
Eres, John o Jane Doe, el diálogo obligado entre yo y yo, la conciencia de la pared, del límite y de su posible transformación en vía de acceso a lo otro, a lo que está más allá de la ofensa vertida en saliva.
Sé que el vecino hace un esfuerzo
grande
por ser hombre,
sé que debo hablar con armonía,
apaciguar el león que se come el crepúsculo.
En resumen, “Judas es necesario”. Y “Luzbel es la incomunicación, / el fácil deletreo que idiotiza”. Te necesito y me necesitas, John o Jane Doe.
Acepto ahora el trueno,
trizada fealdad de la luz.
(…)
Acepto la libertad,
la loca libertad perlada,
la fusión con el eco que se ignora a sí mismo.
Acepto la santa ignorancia:
lo que otros llaman esperanza,
lo que otros llaman paciencia
de las luceradas
que alargan más los días.
A veces la poesía, como la fe y como la patria, es aquello que sobrevive al duelo entre el amor y la violencia. El garabato enardecido con el que también yo, a mi modo, como «el presito», “empiezo a darme luz en las esquinas”.
Pongo mi piel en venta
¿y quién me compra?
(…)
Si quieren robar mis versos,
adelante.
Si quieren confundirme con el loco John Doe,
adelante.
Estoy presto a todo,
a ser el inerme nacarado
que pasa y no pasa.
A ser la criatura clausurada
que nadie saluda en la calle.
A ser el imperfecto
que cada día derrama
el cubo de la basura.
Pero no podrán quitarme el desvariado sentir
que me imanta a las dalias caídas,
no me podrán quitar
esta sangre inocente que milita
en una isla avergonzada.
(Todas las citas poéticas de Canto de la locura, Ed. Ángel Darío Carrero, Terranova Editores: 2005).
(Las citas de «Autobiografía Espiritual» en Raíz y Ala, antología poética de Francisco Matos Paoli, Luis de Arrogoitia, ed., EDUPR: 2009, Vol. 1).