Categoría: Comentario

  • ¡Ay, Fátima!

    (Lo que no me preguntaron sobre el Miss Universe 2025 ni me importa, casi.)

    Qué cuestión con los concursos de belleza. De pequeña los seguí obsesivamente, sin entender por qué tenían que ser rubias, blancas, demasiado flacas, de ojos azules o verdes y saber hablar inglés las ganadoras. Ni por qué las disfrazaban en trajes “típicos” que de típicos tenían poco. Siempre me ha interesado la belleza en un sentido muy amplio, pero no era belleza lo que buscaba ver. Quería comprobar si el nombre “Puerto Rico” era pronunciado más de una vez y si nuestra candidata se parecía o no a cualquiera de las mujeres de mi familia (nunca).

    No nací a tiempo para ver la coronación de Marisol Malaret, pero una foto suya adornaba el palimpsesto de laminitas barnizadas con que mis tías habían forrado una pared de la casa de los abuelos. Qué pena, nunca haber retratado aquella pared, que era una especie de exposición permanente de los hitos faranduleros de la década de los sesenta.

    Entre el triunfo de Marisol en 1970 y el de Débora Carthy Deu en 1985, por la pasarela del tiempo desfilaron Vietnam, los Beatles, Watergate, los atentados terroristas en Múnich y Teherán, la primera gestación in vitro, la legalización del aborto en los EEUU, varias dictaduras en América Latina y, en Puerto Rico, recesión económica, bipartidismo rojiazul, Mameyes, Maravilla, Villa Sin Miedo, huelgas sindicales y estudiantiles y el féretro de Muñoz recorriendo ceremoniosamente la Carretera Número 1, por mencionar algunos acontecimientos de la época.

    Marisol Malaret, primera Miss Universo puertorriqueña, 1970.

    Nada ha cambiado desde entonces y todo ha cambiado: la belleza atrae y fascina tanto como divide y antagoniza. Que en 2025 una elección de Miss Universe genere más indignación y polémica que las guerras de este siglo y las violaciones a los derechos civiles que ocurren todos los días en el mundo, o el largo deterioro sociopolítico, económico y civil que se da en Puerto Rico, es algo que supera mi razón.

    “No las juzgues”, me digo, a las mujeres que obedecen al sistema que adjudica premios y deméritos según la tersura de su piel, la esculturalidad de sus cuerpos o con cuánta gracia llevan la alta costura de su vestido sin tropezar por el peso de la bisutería. Es su decisión y libres son para someterse a cirugías, implantes, dietas y clases de “refinamiento” con tal de ostentar una corona que las declare perfectas, o por lo menos, casi perfetas. Pero, perfectas ¿para quién? ¿De quién es el ojo que mira y escruta? ¿Por qué o para qué las mira caminar, moverse, sonreír, responder un par de preguntas, todas iguales o parecidas? Si fuera a juzgar, juzgaría a quienes inventaron la competencia, manejan las normas y se reparten el pastel de las pautas comerciales, no a las competidoras.

    En parte, la única diferencia entre ellas y yo es que, de plano, yo no cualificaría. Pero es que, además, ni linda ni fea concursaría. Bastante tengo con los certámenes de literatura, donde se nos mide por nuestras palabras e ingenio creador y no por la apariencia, …se supone, aunque a veces lo dudo. En esos he ganado y perdido más de tres veces. Hay quienes no participan y publican exitosamente sus libros, y quienes aun ganando los certámenes no publican a menudo. Con las misses, igual. Hay ganadoras que no serán luego sobresalientes en la vida pública (o sí) y perdedoras que perdiendo tendrán de todos modos una carrera maravillosa (o no).

    Zashely Alicea, Miss Puerto Rico 2025

    ¡Ay, Fátima Bosch! La que se armó contigo. Me doy esta dosis de faranduleo porque me interesan las comunicaciones y lo que con ellas se hace. Me enteré de tu existencia por las comidillas en redes sociales y quise, yo también, mísera de mí, ejercer esta función que supuestamente detesto: mirarte (a posteriori) para juzgarte digna o indigna de ganarle a la despampanante Srta. Costa de Marfil, Olivia Yacé y dejar fuera de las primeras cinco a Zashely Alicea, la Srta. Puerto Rico más grandiosa, carismática y talentosa que he visto.

    Olivia Yacé, Miss Costa de Marfil 2025

    Que si hubo o no hubo fraude, que si tu padre compró o no compró la corona para ti y para México gracias a sus negocios con el dueño de MU y también mexicano Raúl Rocha, que si tu discusión pública con el encargado, el tal Nawat Itsaragrisil fue parte de una estrategia mediática para hacerte coronable por viral, no tengo manera de saberlo. Y, aunque entiendo la sorpresa que causó tu elección por la exclusión que supuso de candidatas extraordinarias como las dos antes mencionadas y muchas otras, jamás diría, como no lo digo de nadie más, que no eres bonita, porque sí lo eres.

    Fátima es bonita, insisto. Lo que pasa, a lo mejor, es que lo es desde cierta perspectiva que el universo no suele premiar. Por ejemplo, se vistió de rojo flamboyán con llamas de oro literalmente desde sus muñecas hasta la barbilla y desde la barbilla hasta los talones. Rara apuesta en un escenario dominado por el hasta 2025 suertudo ajuar blanco sobre blanco sobre blanco con detalles dorado pálido o plateado, corte columna o sirena y una gran abertura lateral que, de hecho, abundó este año con todo y capas flotantes. ¿Qué escondía? Lo bueno de lo raro es, precisamente, la pregunta que provoca. En lugar de mostrar por separado una o varias partes de su cuerpo, la mexicana se presentó completamente cubierta, por lo tanto, de una sola pieza. Y aunque la moda no es mi campo de conocimiento, ni me gustó el vestido, hay una inteligencia sutil en ese planteamiento: ella sabía que destapada no sería única, sino envuelta.

    ¿Qué del maquillaje? No soy maquillista. Pero, si es verdad que a las misses no les permitieron usar maquillistas en la noche final, comprendo que tampoco Fátima tiene dominada esta destreza y, hasta cierto punto, es un alivio. Sus bellísimos ojos (véanla sin maquillaje, por favor), apenas podían apreciarse bajo gruesas capas de sombra y rímel demasiado oscuros y un color de base que le “enceró” el rostro, más el labial rojo feroz que hizo muy severa su complexión para tan recargado vestido. ¿Y del pelo, qué? Adivinen, tampoco soy estilista. Pero, si tampoco podían emplear peluquero en la noche final, creo que, a Fátima, como a mí, le cuesta pulir ella sola su melena. Su arreglo, comparado con las del resto, lucía sin terminar. Lo digo sin maldad. En este sentido, quisiera pensar que los mirones y mironas que la premiaron no lo hicieron por motivos fraudulentos, sino porque vieron más allá de esas fallas técnicas para fijarse en ella, sí, la persona que estaba debajo del mascarón. Claro, en un certamen de belleza no se espera que pase algo como esto, con un centenar de chicas perfectamente acicaladas para la ocasión. No que ella no estuviera preparada, pero puestos a comparar según los fríos criterios a los que MU ha acostumbrado al público, no era Miss México la mera mera.

    Ahora bien, todavía hay algo más. …Cuando Fátima habla, es otra cosa. No por lo que dice, sino por lo que su voz transmite acerca de su carácter. Su voz comunica una calidez humana que no es común encontrar en este tipo de evento. ¿Sería su voz? Sin contestar del todo la pregunta final, fue convincente. Y debo admitirlo: esa calidez y cercanía inapropiada en un escenario de divas esculpidas en mármol me enterneció el corazón.

    Fátima Bosch casi al natural, de su Instagram.

    Como dicen en inglés, she is something y es muy interesante ahora en su manejo del “escándalo” mediático. Me pregunto a cuántas muchachas neurodivergentes como Fátima habrá animado su elección; o a cuántas ayudará en las iniciativas de filantropía que le permitan hacer… ¿Y a cuántas otras personas les ha disgustado su elección, no tanto por el chisme, sino porque notaron en ella “algo” que no encaja en los moldes estereotípicos de lo que se considera porte, elegancia o belleza? ¿Fue así la reacción cuando Miss Universe escogió a la primera mujer hispana o a la primera mujer de piel oscura?

    Hasta donde alcanzo ver, por mucho que nos entretenga y distraiga el brillo y glamour de esa pasarela, y sin dejar de distinguir y respetar a nuestras ganadoras, no hay que agarrar lucha con esto. El mundo arde en llamas de otro horno para nada lindo y chic. Y, además, por qué no admitirlo: el concurso ha sido un fraude cósmico desde su fundación, pues todos los años lo gana una terrícola, cuando es nuestro planeta el único que participa.

  • Sobre «El dulce cretino de la calle» de Mirna Estrella Pérez

    Sobre «El dulce cretino de la calle» de Mirna Estrella Pérez

    Ese conejo en el congelador pudo haber sido tu hermanita

    Comentario editorial por Rosa Vanessa Otero

    Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2021. 164 pp.

    El trabajo de editar un libro siempre supone un gran esfuerzo por colocarse en los zapatos de la persona que creó la historia o condujo la investigación. Y, en la edición de narrativa, a esto se suma la tentación de dejarse arrastrar por el texto como si de una lectura espontánea se tratara, pero no: los editores leemos juzgando, calibrando cada palabra, cada párrafo, cada capítulo en relación con la estructura total del relato para potenciar su eficacia. Cuando recibí los originales de «El dulce cretino de la calle» de Mirna Estrella Pérez, supe desde el principio que estaba ante una pieza de literatura puertorriqueña contemporánea escrita por alguien de quien debemos escuchar hablar por muchos años más cuando se estudie la novela del siglo XXI en nuestro país. Que me haya tocado a mí editar su primera novela para la Editorial de la Universidad de Puerto Rico es todo un lujo, y no pude evitar compartir mis impresiones sobre el libro en este artículo que publica el semanario Claridad. El libro está disponible en las principales librerías de Puerto Rico. Lee: Ese conejo en el congelador pudo haber sido tu hermanita.

  • En memoria de Manuel de la Puebla

    En memoria de Manuel de la Puebla

    Manuel de la Puebla (1924-2021)

    «Pertenezco legítimamente a este País, no sólo por las raíces de sangre -mis hijas-, sino porque lo siento, lo conozco y he trabajado sin cansancio por el acrecentamiento de su cultura.»


    Manuel de la Puebla.
    (Entrevista con Carlos Esteban Cana.
    “En las letras… La poesía de Manuel de la Puebla”)

    Para dar al dador

    Por Rosa Vanessa Otero, LaRosaDeletrea

    Nunca visité su casa ni compartimos un café. En rigor, no puedo reclamar que fuimos amigos. Me matriculé en uno de los cursos de literatura que daba en la Universidad de Puerto Rico, y me di de baja al poco tiempo: no fue mi maestro. Tampoco editó ninguno de mis libros. Le conocí por aquellos años cuando yo era una estudiante de periodismo que trabajaba en “Hoy en las noticias” de Radio Universidad de Puerto Rico, empezaba a escribir versos tímidos, y él producía “Revista Oral de Poesía”. En alguna ocasión, sustituí en la lectura de textos a la poeta y colaboradora habitual del programa, Magaly Quiñones; es este mi único recuerdo de algo que él me habría agradecido y a lo que correspondió con una simpatía y generosidad mayor que mi gesto. Hoy dedico unas líneas a Manuel de la Puebla, poeta palenciano que residió y fundó familia en Puerto Rico, país cuya poesía conoció a fondo y promovió con persistencia.

    ¿Por qué comenzar un comentario in memoriam invocando la amistad que no tuvimos?

    Porque quiero dar, adrede, un rodeo. Demasiadas veces, en el ambiente de la literatura y de los libros, la asistencia a presentaciones, el reconocimiento de lecturas, la redacción de reseñas, las fotos de grupo, la inclusión en listas, los elogios, y hasta los vituperios, se reparten entre amigos (sí, odiarse en público no deja de ser una forma de amistad, aunque torcida y rencorosa, sobre todo hoy, cuando el comentario literario bilioso ejerce un efecto publicitario multiplicador de clicks en la red social, esa nueva forma y lugar de la crítica-marketing híbrida entre la teoría literaria flash y La Comay (si no la conoces, es una muñeca chismosa de la televisión puertorriqueña manejada por un «cómico»-).

    Sé lo que digo. En más de una ocasión, al querer gestionar -profesionalmente, como editora, no como “amiga”- el comentario de una obra bajo mi cuidado, he recibido la poco profesional respuesta: “Es que no conozco a esa persona”. En otro caso, para qué les miento, sí he acudido como “amiga de…” a recabar la ayuda de un escritor “amigo de mi amigo” para que me facilitara el contacto con cierta editorial para la publicación de los inéditos de nuestro “amigo en común” animada por los elogios que el primero había prodigado al segundo en público. La respuesta, en privado, fue: “Ay, no puedo ayudarte. (…) Es que esa poesía de fulano…”. Es decir, que en Puerto Chico se puede colocar la amistad, o cuando menos, la asiduidad en el trato personal (¿o la notoriedad?) en primer lugar que el interés por descubrir una obra; o, en el peor de los casos, la amistad no viene acompañada por el apoyo -merecido, se entiende- al trabajo del amigo. No operaba así la inteligencia de Manuel de la Puebla. Acabé el rodeo.

    Poeta, editor, profesor de literatura, fundador de revistas y productor de radio, por cualquiera de estas facetas, de la Puebla ha sido un promotor importante de la poesía puertorriqueña del siglo XX sin afiliarse a escuelas, movimientos o grupos específicos que cerraran su actividad sobre unos pocos. Era esta una actitud, ciertamente, sui generis y no exenta de polémica en un espacio literario acostumbrado a la riña intelectual oposicional que suponen los manifiestos, las estéticas, las políticas editoriales decididamente políticas olas aspiraciones fundacionales de grupos, promociones o generaciones en el apretado circuito editorial puertorriqueño, en el que la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras es, claramente, un tenso epicentro -no el único-.

    De algún modo, la apertura inclusiva de las revistas Mairena (1979-1999), pero, sobre todo, Julia (2000), vista desde la segunda década del siglo XXI, se acerca más a la pluralidad de los contenidos digitales actuales que al aliento fundacional y definidor de las revistas impresas en el país entre las décadas de los sesenta y setenta. Probablemente, siendo extranjero, y por inclinación natural, de la Puebla comprendió pronto que su función aquí no podía ser insertarse en el debate crítico y teórico del momento, sino congregar y divulgar el trabajo poético de la mayor cantidad posible de autores y autoras que consideraba publicables (esto, claro, no deja de ser una hipótesis que sugiero para explicarme a mí misma cómo salvó el encono que su actitud editorial (¿y su poesía?) generaba en ciertos autores o círculos literarios patrios).

    Sobre el origen de Mairena, de la Puebla expresó con naturalidad en una entrevista con Carlos Esteban Cana: “A mí me pareció que ahí quedaba un vacío muy grande, que no había un espacio para la poesía como lo había tenido en años precedentes. Para la misma fecha desaparecieron la revista Mester, Palestra, Bayoán, y yo me dije: ‘Bueno, algo hay que hacer’. Incluso hablé con Luis Hernández Aquino, a ver si me permitía darle una continuación a Bayoán, y también hablé con José Luis Vega, para ver si me permitía darle continuación a Ventana, pero ambos entendieron que ya esas revistas habían cumplido su función”. Aunque no eran estrictamente poéticas sino literarias, y tal vez por eso no las menciona, también habían terminado su ciclo Zona Carga y Descarga (1972-75) y Penélope o el otro mundo (1972-73); y continuaba activa, en poesía, la revista Guajana (1962-1992). Dar continuidad, reconocer; esto suena a un espíritu de colaboración y coexistencia, no de conquista. En esa misma entrevista, al recapitular sobre la aportación de sus revistas de la Puebla aquilataba, entre sus principales logros, el alcance internacional y la atención que dedicó a la poesía escrita por mujeres y a los poetas jóvenes.

    De hecho, en sus revistas y programa de radio fue notable el espacio dedicado a autores y autoras que, cronológicamente, empezaron a publicar sus trabajos después del auge de las revistas de los sesenta y setenta y antes del nuevo brote de revistas que se vivió a mediados de la década de los ochenta. Poetas incipientes de los ochenta o noventa de variada procedencia y orientación literaria, entre ellos algunos que no necesariamente llegamos a tiempo para publicar en Filo de Juego (1984-87, Rafael Acevedo, ed.) o Tríptico (1987-1989, Zoé Jiménez Corretjer, ed.) y demasiado temprano para participar en los orígenes de Sótano 00931 (fundada en el 2000 por Julio César Pol y Jorge David Capiello y otros), encontramos en las publicaciones de Manuel de la Puebla nuestra primera oportunidad de exposición sin tener que establecer con él poéticas en común ni relación de tutelaje.  

    Ahora quiero dar, adrede, otro rodeo. La próxima vez que supe de él, después de mi etapa formativa en Radio Universidad, fue en 1997, durante la edición de su poemario Reparos del espejo por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (EDUPR) en la colección Aquí y Ahora, el mismo año en el que se publicó mi primer libro, En el fondo del Caño en esa colección. No importa, para efectos de esta nota, enumerar mis agradecimientos a Manuel de la Puebla, a menos que los refiera al contexto literario y editorial del país. Si digo que fue la primera persona en dedicarme una entrevista en radio, lo que quiero subrayar es que estaba empeñado en pensar que en la radio puertorriqueña se podía leer poesía, y no había que ser una celebridad literaria para obtener su atención y recibir un trato digno.  

    Logró mantener su programa casi por dos décadas, al mismo tiempo que editaba y dirigía la primera revista. Cuando cierra Mairena y funda Julia en el 2000 dedica, otra vez, atención a mi trabajo en la sección de “Poesía Joven” (hoy diríamos: “emergente”)[1]. De la temporada de Julia debo decir que su financiamiento, hasta donde sé, era una empresa poco menos que quijotesca. Así lo constatan sus propias palabras y la corta duración, tres años, de esta publicación: “Decidí concluir con ese número [Se refiere al Año III Número 2-3 2002, nota mía] porque no la podía mantener indefinidamente. Por una parte, el acrecentamiento de los costos de envío, pues el correo quitó esa franquicia, para mí era importante que saliera a Hispanoamérica y a España. Por la otra todavía tenía entre cuatro o cinco proyectos que no estaban concluidos. Quería dedicarle tiempo a mi propia producción crítica y poética”.


    Podría afirmarse que, en la segunda mitad del siglo XX, de la Puebla fue un adelantado (aunque no el único) de la “gestión cultural”, la “edición independiente” y la “auto publicación” tan celebradas en el siglo XXI, pero no entonces. De sus poemarios publicados: Unos apuntes líricos (1972), Romances para decir en las calles de Río Piedras (1978), No es desamor tu viaje (1986), Anillos del amor y de la muerte (1991), Sencillamente el mar (1995), Reparos del espejo (1997), La lucha con el ángel (1998), Palabra virgen (2004) y Actas de viandante (Antología, 2007), muchos fueron auto publicados bajo Ediciones Mairena.

    Y por qué no, fue también un maestro de la “reinvención”, por seguir usando términos al uso, tanto como lo han sido otros autores y autoras antes, durante y después que él. Pero siempre le noté este rasgo distintivo: para que la irradiación de su trabajo editorial o de periodismo literario alcanzara a un autor o autora como objeto de interés, no había que hacerse su “seguidor”, ni compartir con él una poética, ni mucho menos contar con valores de intercambio cultural. Demasiado democrático o populista para algunos (¿le llamaríamos ahora inclusivo?); un ángel para otros.

    Hacia el año 2000 escribí los poemas de La vocal encinta, que obtendrían el Premio de Poesía del Ateneo Puertorriqueño. En el jurado que los premió estaba él. Poco antes o después, en una de las visitas que éste hacía a mi colega editor y gran amigo de ambos, Jesús Tomé en la EDUPR, y a quien siempre entregaba dos ejemplares de la revista, me propuso que asumiera por él la producción de Revista Oral de Poesía. Mi “no” fue triste, pero rotundo. El Y2K que no afectó a las computadoras como se esperaba, a mí me había devastado y, sencillamente, no pude responder a un ofrecimiento que, de todo corazón, sabía que era un acto de confianza entrañable y único. Estaba “desprogramada”, sumida en un bajón literario, profesional, personal y espiritual del tipo: ¿ahora qué? En 2002, con otro jurado, revalidé con el poemario Encarnaciones en el Ateneo, pero la nube gris de la apatía no me abandonó por años (Si los poetas jóvenes, e incluso algunos mayores, supieran cuán fatuos resultan los premios literarios ante la inmensidad del cosmos, el dolor humano, las encrucijadas de la vida o, simplemente, frente a la biblioteca, celebrarían con más pudor sus logros y envidiarían menos los ajenos).

    De aquella decisión me arrepentí al poco tiempo y me quedaría la mosca zumbando detrás de la oreja: “¿Cómo es posible que rechazaras volver a hacer algo en la emisora?”. La anécdota viene a cuento porque tuvieron que pasar veinte años para que la puerta volviera a abrirse. Y la puerta se abrió en el momento justo cuando yo estaba lista para emprender la producción de un programa de radio sobre poesía. En el histórico verano del 2019 empezó a transmitirse Alapoesía que, sin parecerse en formato ni estilo a la Revista Oral…, no deja de ser su pariente, por cuanto aquella invitación de don Manuel quedó grabada en mi mente de manera indeleble como una fuente de inspiración y ánimo, pero, sobre todo, como un desafío del dador a dar.

    En este ejercicio, he llegado a saber lo que le movía: un entusiasmo genuino por el descubrimiento de la palabra poética y sus hacedores de una manera más dinámica, impredecible y compleja que la que se obtiene mediante la sola lectura de un libro. Y una forma de encuentro y de alegría. Leer en voz alta o escuchar los poemas de alguien es tocar, sin las manos, la palabra y la persona que la crea.  El poeta que entrevista poetas sabe que entre esos diálogos de esfinges se descuelgan, más que unos textos, la historia literaria en acto, y si la comunicación es sincera, se desvelará algo más profundo que la literatura: la humanidad de quienes dialogan.

    Ahora vivo extrañado en una lágrima:
    No me importan la vida ni la muerte,
    aunque sé que cada una, a su manera,
    exige o malbarata.

    Manuel de la Puebla, “De cuando el destino es no sentirlo”.

    Sin rodeos. Hay más poetas egoístas en el mundo que poetas desprendidos. Los primeros, generalmente, viven ocupados en gestionar su propio monumento. Los segundos hacen por los demás escritores lo que nadie hizo ni haría por ellos. A aquellos, tal vez, se les recuerde en las mejores antologías y, de seguro, verán cumplido el homenaje que rechazó Julia. Pero a estos otros, los dadores, se les recuerda no solamente por sus palabras, sino por la generosidad de sus actos.

    Manuel de la Puebla, a través de su actividad cultural y humana espontánea y desinteresada expresó una fe inquebrantable en lo que muchos jóvenes escritores entre los ochenta o los noventa podíamos llegar a ser en la poesía. En mi caso, puedo decir que nunca he sido santa de mi propia devoción literaria y su apoyo fue decisivo en mi paso por este territorio preñado de belleza y posibilidades mientras se crea, pero inhóspito en el ámbito editorial la mayor cantidad de veces (esta es mi experiencia). Su ejemplo me señaló un camino posible para romper el cerco narcisista: poetas, no tienen que ser mis panas para venir a Alapoesía, de hecho, prefiero que no lo sean.

    Por eso insisto: que no fuera mi amigo ni mi maestro, ni mi editor, y tenga yo tantas cosas que agradecerle subraya su bonhomía y el lugar que su recuerdo ocupa en mis afectos. Y esto, aunque no es más importante que el cosmos, ni el dolor humano, ni las encrucijadas de la vida, es algo que me importa más como persona, mucho más que la imperecedera biblioteca, que aún con serlo, estará siempre a merced de la desmemoria o de las polillas. Se llama respeto.

    No pienses para quién labras la piedra;

    domina su aspereza, el lento

    pareo de la luz y de los golpes del cincel,

    y que el estudio baste a tu contento.

    No apresures

    el orden de los días y las noches

    con el fuego quemante del relámpago.

    La catedral finada y la custodia

    de fina orfebrería,

    en donde brilla el oro altivo del ingenio,

    sean la pausa.

    Estiliza la imagen. Subordina

    lo frívolo. Argumenta

    con simetría ideas y palabras,

    y el discurso: discreto,

    -laboriosos delfines

    que acceden a la luz y la manejan,

    como quien baja un astro

    a la puerta reseca del asombro.

    Manuel de la Puebla, “Poética”

    En Actas de Viandante, 2007.

    [1] Manuel de la Puebla. “Poeta Joven Entrevista a Rosa Vanessa Otero”, en Julia, Año I Número 2, 2000.

    Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Claridad, edición del miércoles 7 de julio de 2021.